Cultura
El Hombre de la Lira Negra
04 diciembre Por: UPRESS
Pin It

Alas de la Memoria es un espacio de creación literaria de la Facultad de Humanidades a cargo del profesor Noé Blancas. y el presente texto, es el ganador del Primer lugar en el II Certamen de cuento “Alas de la Memoria”, convocado por la Facultad de Humanidades UPAEP.

 
Por: Rodrigo Salas

Y el anciano, cuya piel se mantenía apenas ceñida a sus huesos por unos harapos malgastados, dijo con una voz roída por la erosión del tiempo:

“¿Alguna vez has escuchado la canción del Hombre de la Lira Negra? Pocas personas lo han hecho, pues pocas personas lo han merecido. Siéntete, oh viajero, afortunado, pues habrás de escuchar el cántico que ninguna voz ha sabido proclamar. Un viejo cántico, oh viajero, que las mismas estrellas han admitido que ya se encontraba allí cuando llegaron ellas al firmamento. Un cántico, oh viajero, cuyas letras han sido perdidas por los eones y los mismos planetas han aconsejado nunca recordar.

¿Lo escuchas ya, viajero? Ese pulso inconstante y arrítmico en tu conciencia. Un zumbido en tus oídos, el crescendo del latir del corazón. Admito que yo no conozco la balada, pero he sido enviado a proclamar de su existencia. A recordarla. Pues tú conoces el cencerro de la Lira Negra, alegre y meditabunda canción. Está alojada en tus pensamientos, en los más profundos, los más sombríos, en esos que te reconfortan en los momentos de tristeza y debilidad. ¡Fuerza, fuerza! Escucha bien la historia de las sombras, del suave velo que envolvió la madera de los dedos de la misma Gea, y la historia de la luna que la envidió. Ahora silencio, viajero, atención, y fuerza.

Te contaré, viajero afortunado, la historia del Hombre de la Lira Negra, aquél que han llamado el Condenado, y cuando mi voz se haya cansado y termine estas preces con hiriente silencio, cantarás jubiloso la canción que ningún otro hombre escuchó jamás. No te llamarán viajero, ni por nombre de persona; serás tan solo Coro, Coro de la oscura madera.

En los días antes del tiempo, en los milenios en los que la luna todavía estaba preñada, existió un hombre que caminaba por las pálidas praderas de las fantasmales potencias. Entonces no existía más que la blanquecina luz lunar, brillando sobre una cúpula vacía. No existían los animales o las plantas, no había piedra sobre piedra, no existía el color. El mismo cielo era escasez, el espacio un vacío sin sustancia. Y aquel Hombre caminaba sobre la Tierra desnuda, cada pisada marcando el tedio del compás. Y nada ocurría. Un paso tras otro por la suave infinitud, y hastiado de no tener más compañía, el Hombre que Camina hablaba consigo mismo, pues él no conocía a nadie más con quien hablar. Pero sin que él lo supiera, escondido en el cielo como el pillo se oculta a la espera de hacer de su presa sujeto del más reciente cotilleo, la luna había escuchado a hurtadillas las plegarias que el Caminante había hecho solo para sí, e interpretando su voluntad, decidió inflamar con vida el mundo a su alrededor.

El Hombre caminaba, meditabundo, sumido en el placentero sopor de la paz, cuando de pronto sintió que algo bajo sus pies comenzaba a nacer. Era la esencia, que se filtraba entre sus dedos en la forma de menudos filamentos pálidos; los eternos pastizales de la potencia comenzaban a convertirse en un césped mezquino, albino, extraño. Para el Caminante, ver algo en vez de nada fue al mismo tiempo maravilloso como aterrador. Algo comenzaba a ser. Era como las navajas en la garganta, como aire para alguien que no había respirado jamás.

Por primera vez, al entender que ya no estaba solo, viendo el césped vivo, creciendo a su lánguido ritmo, el Caminante se percató de que él mismo existía. Una vez más, un descubrimiento al mismo tiempo maravilloso y aterrador. Él estaba allí, de pie sobre la hierba, y la hierba estaba allí, rendida bajo el peso de sus pies. Y se encontró a sí mismo pensando al respecto. ¿Qué eran esas palabras que aparecían dentro de su mente? Se imaginó al pensamiento como vapores sutiles que salían de sus ojos, y entendió que no se limitaba a palabras, sino que las concebía en imágenes, delicadas, fugaces. ¿Qué era la mente, qué era el pensamiento? ¿Sería él quien lo provocaba, o es que era imbuido por alguien con mayor existencia que él? El mundo nacía y crecía a su alrededor, y se preguntó por qué, ¿por qué nacía y crecía? Él no recordaba haber nacido, no se sentía crecer. Y como el bebé que abre sus ojos por primera vez al mundo, se sintió mortalmente sobrecogido.

Entonces se percató de que estaba caminando. Se había acostumbrado a la apacible monotonía de sus pasos sobre lo increado, seguro, sin cambios. Ahora era consciente del movimiento. Caminaba, hacia adelante. ¿Pero a dónde se dirigía? ¿Por qué su caminar sin ton ni son? Su andar había sido como dormitar en la eternidad de la nada. En cambio ahora, había algo que lo ataba a un solo momento. El tiempo. Esa era la más temible de las cosas creadas. Podía ver sus pasos, uno tras otro, momentos distintos, separados por algo que no podía alcanzar con el vapor del pensamiento.

Finalmente, como el bebé que entre llantos aparta la mirada de lo que hay a su alrededor y busca el rostro impávido de la madre, dirigió su mirada al cielo, pero en su lugar encontró el ojo cavernoso de un titán, suspendido en el lienzo de la noche espectral. Pero la luna, viendo al Hombre en su errabundo andar, no le sonrió ni lo confortó. Tan solo se quedó allí, silenciosa, distante. El Hombre que Camina se supo pequeño, insignificante en la vastedad, y desvió su mirada hacia dentro de sí, donde ni la luna ni el césped podían mirar. Con los ojos perdidos en su interior, el Caminante se tropezó con alguna arcaica raíz y su cuerpo cayó a través de tandas de billones de instantes, hasta que su rostro se estampó contra el suave césped de aquello que comenzaba a ser. Y en ese momento, sintió dolor.

Dolor.

Eso es lo que he escuchado sobre el Hombre que Camina. En ese momento, por primera vez, alguien sintió dolor. ¡Aquél que nada había sentido, ahora sentía el tremendo peso de ser! El Hombre que Camina se incorporó aterrado, ahora libre para caminar y correr a donde fuera que quisiera, ya no atado a la adimensionalidad; libre, pues, para estudiar el infinito mecanismo de la abominable creación. Pero había aprendido la lección, que en la libertad existía el dolor, que si traicionaba la línea recta que había trazado desde antes del tiempo encontraría dolor. Por lo que siguió su caminar, con la vista fija en el suelo, atento de no volver a caer jamás.

Con su mirada todavía clavada en la tierra frente a él, observó cuando el césped que podría ser, se convirtió en el césped que era; fuerte y vigoroso según su naturaleza, lleno de verdes, cobrizos y escarlatas. Ese era el poder de la luna sobre su cabeza. Un poder que él no poseía. El poder de hacer ser. Pero eventualmente, aquél primer pasto que había crecido con él, poco a poco comenzó a encorvarse, se tornó débil, marchito, gris. Y el pasto que era se convirtió en el pasto que fue, reemplazado por nuevos de su especie, más jóvenes y bellos. ¿Es que era ese el destino de su caminar, observar por siempre la muerte, tan incansable como él?

Harto de su condena, el Hombre que Camina miró el cielo y vio un millar de puntos brillantes que acompañaban al orbe lunar. Sin pensarlo dos veces, saltó a las estrellas nacientes y se tomó de ellas para alcanzar a la luna, cuya enfermiza luz platina iluminaba las praderas de la Tierra y les daba color. Frente a la luna, el Hombre sintió que aquél ser era tan vasto como la noche detrás. Él, diminuto, le rogó a la luna, le rogó por el poder que le había sido negado, el poder de hacer ser, de crear, de dar vida, de matar. Pero la luna no se inmutó. Rendido, le pidió pues el poder que le había sido negado, el de la potencia, el de la actualización. El poder de cambiar y hacer cambiar. El poder de vivir. El poder de morir. Pero la luna no se inmutó. Se mantuvo indiferente, atenta tan solo a su egoísta luz.

Así que el Hombre bajó a la Tierra y encontró que en su ausencia habían nacido los árboles, las piedras, las flores, todas ellas de una infinidad de bellos colores, intensos, vibrantes. Vivos. El Hombre veía en todo ello lo que no podía poseer, todo lo que la Luna le había negado. Así que arrancó las piedras del suelo cuales muelas telúricas y las usó para derrumbar los árboles.

De la pulpa nacieron las tablas, del tronco el cuerpo; con las raíces hizo las cuerdas, de la piedra la púa, de la corteza las montaduras. Miró su instrumento, y decidió llenarlo de color, embalsamándolo con la piel de los pétalos y flores. No se detuvo hasta plasmar todos los colores en su lira. Podrían pasar eones, pero no se detendría hasta que su lira reflejase la creación que le habían negado. Todos los colores le pertenecían, el verde, el azul y el carmesí; los más vibrantes, los más opacos; el cian, el rosa, la esquiva púrpura. Todos los colores a su alcance, los plasmó en la madera de su lira, que había adoptado un tinte jamás visto en la creación; el color de los colores, uno no de ausencia, sino de exceso de existencia.

El Hombre de la Lira Negra subió una vez más a las estrellas para implorarle a la luna, y esto se repetía el miserable: “si la luna se niega a escuchar mi voz, escuchará la de sus hijos”, así que rasgó las cuerdas de la lira y por todo el cosmos se escuchó el llanto de los antiguos árboles, resonando en melodía. El Hombre conocía aquel chillido, era el llanto de la Tierra, el dolor de existir. El Hombre de la Lira Negra tocó y tocó para la luna, pero la luna sorda se mantuvo, así que comenzó a gritar al unísono de aquél bucólico dolor, y cantó la canción de las penumbras, la canción que tiñó la noche del color de los colores; una canción que ningún hombre escuchó jamás.

Finalmente, cuando sobre la Tierra echaron a andar por primera vez las estaciones, la luna escuchó al Hombre de la Lira Negra y la indigna se burló de él con una risa profunda que las estrellas repitieron en un maldito centellar, cual risa estrepitosa de luz, risa que nunca cesó. Entonces, el Hombre de la Lira Negra, entre lágrimas le preguntó a la luna ¿por qué lo había ignorado todo ese tiempo?, ¿por qué le había permitido ver el mundo sin dejarle ser parte de él?, ¿por qué les había permitido a las flores y a las aves cambiar y poder cambiar?, ¿por qué les había dado ese regalo a todos, menos a él?

La luna se rio una vez más con el sonido gutural de las galaxias, y finalmente, después de todo este tiempo, habló. Le explicó al Hombre de la Lira Negra que el regalo del cambio se los había otorgado a todos sus hijos, pero el de poder cambiar a otros, tan solo se lo había obsequiado a él. Señaló su lira con una sonrisa, aquel instrumento lo había hecho él, él lo había creado. Él lo había pintado y remachado y afinado con los objetos de la creación. Y le hizo recordar su canción, su bellísima canción, algo que no le había dado a ningún otro ser. Consideró entonces otorgarle a las criaturas el poder imitar aquella primeriza balada, la habilidad de cantar y rugir, de graznar y piar. Eso era lo que él podía hacer, le decía la luna, escalar las estrellas y fabricar instrumentos y cantar la primera canción. Y así habló la luna: “Me mantuve alejada para que conocieras por ti mismo el mundo, para que construyeras maravillas por el tedio y la curiosidad. Y de ahí que has creado tu lira, de ahí que has creado la música”.

El Hombre de la Lira Negra se quedo allí, anonadado. Él había hecho todo eso. Había creado la lira y la música y lo había hecho a pesar del miedo al dolor. Una parte de sí se sentía agradecido con la luna, quien le había dado su ser y un mundo que lo acompañaba. Pero otra sintió soberbia. Todo lo que había hecho, lo había hecho por sí. Todo eso estaba a su alcance. Ni siquiera la luna había podido hacer lo que él hizo. Ni siquiera ella. Tan solo él. El poder de ser cambiado y cambiar. Los árboles arcaicos que habían vivido, habían muerto por él. Quizá no tenía el poder de hacer vivir, pero tenía el poder de matar. Tomó la lira con ambas manos y golpeó a la luna con todas sus fuerzas, una y otra vez, con tal nervio que la lira se resquebrajó y la luna comenzó a sangrar. Su luz se tiñó con el color de la sangre cobriza que emanaba de sí y el mundo entero se bañó con aquella dorada y etérea substancia, iluminando la Tierra con nuevos e imposibles colores. La luna sangraba, y el potentísimo calor de la sangre que guardaba en su interior era oro en fundición. El Hombre de la Lira Negra supo que la luna sentía dolor, el dolor de la existencia. La luna, ahora llamada sol, entre gemidos y contracciones, parió una nueva y pequeñísima luna, de luz tenue, plateada como la de su madre en juventud.

El Hombre resbaló de nuevo a la Tierra desde las alturas celestes y su cuerpo cayó con tal fuerza que se enraizó en el suelo, destruyendo con su caída lo que quedaba de la lira. Encerrado allí, en su prisión hecha de raíces y césped, tan solo podía mirar hacia el cielo, coronado por la luna de fuego y su hija de seda. Tan aterrado estaba él del dolor que nunca comprendió que la soberbia había sido causante de su propia condena.

Y de la tierra nacieron los nuevos hombres, hechos de carne y de tiempo, los hijos predilectos del sol. El Hombre de la Lira Negra se sintió rechazado, aquél que había vagado desde antes que las flores tomaran su color, cuando el blanco no era siquiera una idea. Ahora nuevas personas habían tomado su lugar; débiles, mortales, tan dolientes como él, pero por alguna razón, también alegres, gozosos, amables. ¿Cómo podía existir todo aquello cuando existía el dolor? A su alrededor, el mundo giró, los árboles echaron raíces por sobre él, sumergiéndolo más y más en la Tierra, incapaz por fin de caminar. Y allí, en un tártaro de su creación, no pudo hacer nada más que susurrar la canción, aquella oscura canción, sembrando en los hombres el odio hacia la luna y el sol, semillas de soberbia y un profundo miedo al dolor. Y esperó. Te esperó a ti viajero, esperó a que alguien más escuchara y lo acompañara en el dolor que el sol le infligió…

Ahorra esas lágrimas, viajero, pues pronto serás coro de la lira negra en su mausoleo subterráneo, digna recompensa de acciones contrarias a la luz. La recompensa de sufrir con el Hombre que tuvo su ser antes que tú. Tú no habrás de morir, viajero, no te habrás de reunir con el sol y sus mentiras, sino con la penumbra de los infinitos colores. Deja de temblar, pues el calor celeste pronto se disipará y tu hogar será los glaciares sublunares; no tengas miedo ahora, pues El Hombre de la Lira Negra nos ha prometido que escaparemos de esta realidad de dolores.

¡Ay, viajero, mírate ahora! ¡La belleza del fuego que baja de tus oídos, que aborda tus ojos, el candor que lloras! Rojo fuego, de viscosa sustancia, de esencia vital. Cuánta felicidad ha de sentir aquél que ha escuchado de la existencia del Hombre de Oscuros Poemas, cuyos versos ningún hombre ha escuchado jamás, pero bajo cuya métrica has guiado tu vida. En tu ira la has honrado y en tu orgullo le rindes encomios. En tu soberbia la recitas, en tu pereza la tarareas. Tus ojos están cegados por profundas cataratas y de tus oídos corren granas cascadas, pero tu alma persiste atenta, se niega a morir expectante, ansiosa por aprehender la canción que existe más allá de aquellos prolijos sentidos. Estarás pronto ciego, estarás pronto sordo, pero nunca verás ni escucharás mejor. Veo en tus muecas arduos deseos de huir, ¿por qué entonces no huyes de mí y mis rezos? ¿Por qué sigues aquí, si tus gritos delatan agobio y dolor? Vete, viajero, regresa a tu vida de aventuras, amigos y locuras; vete, si te atreves a desafiar la música de tu piel ulcerada, que brota con biliar emoción.

Pero sigues aquí. Porque sabes que quien ha escuchado del Hombre de la Lira Negra ha visto la tenue luz de la verdad. La verdad de una sencilla canción. ¿La escuchas ya? Cántala, viajero, cántasela a este anciano mensajero, que ansía escucharla en su vejez. Cántala con tu mirada cegada, la más honesta mirada. ¿O es que te has tragado la lengua y te asfixias, ansioso de conocer la canción?

Cuéntame viajero, cuando llegues a tu morada invisible a las estrellas, cuando veas al Hombre de la Lira Negra, prisionero aún de su justa ambición, cuéntame la historia de los eones para apartar la vista de la luz de oro y plata, de los orbes en el cielo. Tan solo, viajero, antes de partir, dile a este humilde mensajero, ¿Por qué ese rostro de remordimiento y terror? ¿Por qué no lloras de alegría y emoción? ¿Por qué en tu rostro tan solo se ve la desesperación? ¡Explícame esa mirada en busca de clemencia, aquella que le he visto a todos los que han recibido mi mensaje, tan cerca ya de la sublime canción! Viajero, habla ahora, antes de partir, dime qué piensas, dime si estás contento, si preferirías rogar perdón. Dime viajero, ahora que el Hombre de Oscuros Poemas susurra en el oído de alguien más, si he guiado a los hombres de carne y tiempo por un camino tenebroso y mortal. Le tengo miedo a la luz, viajero, a la ciclópea mirada del sol, pero debo admitir que le temo también a la oscuridad…

Pero la flama del viajero se extinguió, y el anciano se encontró solo una vez más. Se resignó a sentarse sobre un tronco fosilizado y magullado por los golpes de una piedra, a esperar entre gemidos a un nuevo viajero, cuyas culpas lo dirigiesen irremediablemente hacia él. Era un anciano, tan viejo ya que su piel se mantenía ceñida a sus huesos por unos harapos malgastados, tan débil ya que un soplo desprevenido podría derribarlo sin más. Y con cada noche aumentaba en él el innominable terror de escuchar aquella canción que ningún hombre escuchó jamás.

Galerías