Cultura
Los sueños terminan cuando abrimos los ojos
13 noviembre Por: Yolanda Jaimes
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Alas de la Memoria es un espacio de creación literaria de la Facultad de Humanidades a cargo del profesor Noé Blancas. 

Sofía Blancas

 

Al fondo, sí, ahí. Ahí estaba. Sentada en la roca, mirando al viento, que le acariciaba el rostro. Su cabello bailaba al ritmo de su voz. Relámpagos plateados se mezclaban con el naranja y morado del atardecer. Los susurros contaban secretos. Risas lejanas, lágrimas consumidas, parecían asentarse en sus oídos.

El sol ya tocaba el agua, ya la consumía. Entonces volteó. Los susurros eran ahora gritos, lamentos, pesares. Todo era negro, y ella se acercaba. Cerca, más cerca, todo cada vez más oscuro. Lo único brillante fue una línea curva, blanca y reluciente; su sonrisa.  

Mantuvo los ojos abiertos un buen rato, sintiendo que todo iba a desmoronarse de un momento a otro. No estaba asustada. Casi le daba risa.

Sus padres se alarmaron. Trataron de despertarla, o hacerla dormir de nuevo, pero ella reía. Su madre llamó a una amiga para preguntarle qué hacer, realmente no sabían qué pasaba. Entonces su papá le pasó la mano delante de los ojos y supo que estaba soñando despierta. Trató de hacerla reaccionar, pero solo logró que ella lo mirara fijamente durante varios segundos hasta que soltó una carcajada.

Su madre pegó un grito. 

Así pasó casi media hora hasta que, por fin, la pequeña volvió a conciliar el sueño.

Al día siguiente, el sol fue desvaneciendo el recuerdo de aquella noche. Pero la extraña y áspera sensación permaneció.

Al mediodía, el papá recibió la llamada. La abuelita de casi cien años había fallecido allá, en aquel pueblo a donde no iban hacía más de veinte años. Sólo la niña supo lo que pasó, sólo ella pudo haberlo presentido. Tal vez por eso la noche fue como fue. Pero no recordaba. 

Los sueños terminan cuando abrimos los ojos, pero los sentimientos se quedan. Esta es la segunda ocasión. El papá recibe otra llamada del pueblo. Esta vez quien murió fue una tía. 

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